Me acuerdo de aquella historia Zen
Cuentan que dos monjes budistas estaban a punto de cruzar un río caudaloso, cuando se encontraron con una joven que les pidió ayuda para llegar al otro lado.
El monje más radical se negó rotundamente, puesto que les estaba prohibido tocar mujeres; el otro, gentilmente, la ayudó a cruzar. Luego, los dos monjes prosiguieron su camino en silencio.
Pero dos horas después sin poder dejar de pensar en lo ocurrido, el monje radical criticó a su compañero diciéndole: “¿Cómo es posible que tocaras a una mujer? ¡El maestro te expulsará de la congregación! ” El otro respondió: “Hermano, yo cargué a una mujer y la dejé al otro lado del río hace dos horas. ¿Me puedes explicar por qué tú todavía la sigues cargando?”.
Ayer entendí que sin darme cuenta, puedo cargar durante años con personas que ni siquiera tuve la oportunidad de conocer. Basta con una fuerte impresión cuando tenía unos 13 años y fui al rio con mi familia. Alli habia unas chicas mayores, que me hicieron sentirme pequeño. Lo típico en aquella edad, era que algunas chicas me gustaran y desease “conocerlas en profundidad”, pero las leyes naturales en estos casos, hacen pensar a las Chicas mayores, que un mocoso de 13 años, no está a su altura. Mi lógica actual, también lo dice, al menos a la altura sexual. Pero con 13 años, no tienes aún el nivel para razonar estas cosas, ya que tu sabes lo que sientes y no te fijas en nada mas.
El caso es que comprendí (recordé) esta escena, la reviví y me sorprendió enormemente por que tardé un buen rato en entender que era un recuerdo y no mi imaginación. Comprendí el sentimiento que me había producido y como de alguna manera, había quedado almacenado en mi cuerpo. Sentí rabia, impotencia. Me sentí infravalorado, despreciado. Sentí lo que es querer y no poder o desear algo que no pudes alcanzar. Sentí el deseo sexual no satisfecho y eso aún me fastidiaba más. El querer poseer a una persona, un sentimiento poco menos que el de un cavernícola que lo único que quería era echar un polvo fuese como fuese.
Tuve que respirar profundo, calmarme, visualizar el amor universal, la fuerza vital, hablar con mi niño de 13 años y explicarle algunas cosas de mayores. Hacerle sentir que sólo era su forma de ver las cosas, pero que nada tenía que ver con la realidad. Hasta le dije que se había quedado atrapado en una especie de lazo energético que había desprendido aquella chica y que tan solo era un ejercicio para aprender a moverse entre las energías de las personas, las fuertes y las debiles….
Ya por fin me calmé. Sentí que cuando el niño se calmo, yo me calme tambien. Entonces decidimos echar aquel deseo al río, para que esa energía se fuese hacia la inmensidad del océano y allí se mezclase con el todo, perdiendo su consciencia individual, olvidándose que un día formó parte de un cuerpo, de una situación, de un plano físico. Sentí también que de alguna forma también ayudaba a aquella extraña, a recuperar aquella energía suya que “había perdido” y que cada uno recuperábamos nuestro equilibrio respecto a aquella situación.
Me pregunto que marcas pude haber tenido en mi comportamiento durante todo este tiempo en el que esa puerta permanecía abierta. Solo se que una dosis de energía bloqueada se fue, dando paso a otra nueva y que si eso provocaba una forma de comportamiento en mi, ya no está.
Esto me hace tener un sentimiento apasionante de la vida, al ver los miles de puertas que tendré abiertas en mi. Es algo emocionante, al saber que siempre puedo bucear en mi interior y darme una vuelta por el baúl de los recuerdos, para ir cerrando puertas y apagándo luces.
En esta sección, intentaré hacerme autoterapia, desbloqueando, cerrando y apagando fuegos. Viviendo el aquí y el ahora, dándome cuenta y asumiendo la responsabilidad de mis pensamientos.